"Bolivia Construcciones", para no dejarlo de leer



Una novela que muestra una vida distinta de los bolivianos en la Argentina




Ayer en la FIL de La Paz se presentó la novela: Bolivia Construcciones del escritor argentino Bruno Morales. El ESPECIAL habló con el autor:



-Háblanos un poco sobre la novela Bolivia Construcciones.

-Es mejor que yo hable poco, ¿no? Es que la idea de escribir algo y ser después, además, el que ofrezca la visita guiada de eso que uno escribió es un tanto odiosa, o pedante. En términos generales, es una novela que aspira antes al humor que a la melancolía. La narración cuenta, en primera persona, la historia de un joven boliviano que llega a Buenos Aires acompañado por un hombre, Quispe. Quienes los ven, los llaman tío y sobrino. El joven empieza a trabajar en la construcción, a las órdenes de Pedro, un amigo y a veces rival de Quispe, que es albañil y hace obras de refacción. Esto le permite al narrador entrar en los ambientes de las clases medias argentinas, y ser testigo y registro de sus peculiaridades y prejuicios, de sus Apocalipsis de entrecasa. Los personajes viven en una villa de la ciudad de Buenos Aires, que puede identificarse, a pesar de las deformaciones, como la del Bajo Flores. Encuentran aquí, en una Bolivia argentina, una vida distinta de la que habrían vivido en su país de origen, pero también una vida diferente a la que viven los argentinos.


-Cuéntanos sobre el trabajo de los personajes, cómo los construiste. Cuál es la importancia del nombre en los personajes.

Los personajes nacieron como voces que fui aprendiendo a oír, a distinguir, en la emigración boliviana en Argentina. Hay fundamentalmente personajes bolivianos y argentinos, pero también de otras nacionalidades, como peruanos, paraguayos, aun alemanes. El hombre que compaña al muchacho se llama Quispe, que en quechua significa vidrio. La intención en que se trate, el Quispe, de un personaje franco y sincero, transparente. El narrador es el joven, y en cambio no sabemos su nombre.

-Una de las temáticas de la novela es la migración del boliviano a la argentina. ¿Cuál es la situación real del boliviano en la Argentina, por qué la temática del boliviano migrante?

La situación para muchos bolivianos y bolivianas es difícil. Se trata de la comunidad de migrantes más numerosa: según algunas estimaciones habría dos millones de bolivianos en Argentina. Paradójicamente, a pesar de la fuerza que deberían dar los números para la formulación de reclamos y aun para la acción política, es la más explotada. En términos generales, más explotada que la peruana, o la paraguaya. En la explotación, las responsabilidades son diversas. En el máximo nivel se haya el gobierno Argentino, que ha hecho progresos notables en el tema de la documentación. En el mercado laboral, los sin papeles se ven sometidos a formas de explotación que llegan a la casi esclavitud. Familias bolivianas enteras que trabajan y viven en los talleres de costura. Las grandes marcas -argentinas, judías, coreanas- pagan miserias al dueño del taller, que puede ser boliviano también, y que a su vez reproduce la injusticia en la paga hacia sus costureros. Pagan mal, pero tarde. Generalmente la paga se demora, y después es menor de lo que se había pactado. Los costureros y sus familias carecen de los beneficios sociales que acompañan a todo trabajador argentino. Trabajan de sol a sol, casi sin francos y sin vacaciones. Existe también el prejuicio social contra los “bolitas”. Que no deja de expresarse con violencia, y no sólo verbal: muchachos arrojados al río, mujeres arrojadas de los trenes. En los hospitales, hay historias de que a las bolivianas se les retacea la anestesia.

-¿Cuál es la estructura de tu novela?

-Mucho tiempo me llevó pensar Bolivia Construcciones. Mucho más que escribirla. La novela era el medio. A la vez, desafío: una novela de incidencia política que fuese muy literaria.

Antes d escribir una sola línea, yo quería que en un pasaje casi final el narrador adolescente y sin nombre entreviera una evasión de su vida cotidiana. Recordaba una novela que siempre me gustó, El visionario (1934) del católico Julien Green. En la primera de sus partes el protagonista vive en una villa de provincia, desde la cual ve un castillo. En la segunda, ingresa en el castillo. En la tercera, retoma su vida anterior: ignoramos si soñó la aventura, o si leyó y recreó una novela de capa y espada.

Esta oposición entre mundo laboral y fantasía libresca me seducía. Sin embargo, me disgustaba, en Green, esa división en partes tan didáctica. También me disgustaba que la fantasía aristocrática, de algún modo, triunfase. Para mi novela, yo quería que el ingreso en la fantasía fuera gradual, menos perceptible, y que el protagonista fracasase en su evasión de lo cotidiano.

Comprendí que para sostener la ilusión de ese pasaje casi final, que serviría de contraste, debía crear un marco. Y que convenía elegir como referencia un clásico escolar en español, de estilo llano, con infinitas ediciones, que aun el protagonista pudiera llegar a leer. Un clásico que contara, además, con el encanto de la distancia. Nada (1944), de la católica Carmen Laforet, se impuso por esos y otros motivos. La narradora de esta novela, Andrea, llega de un ámbito semirrural a una ciudad gótica, Barcelona. Estudia Letras y griego, lengua en que su nombre significa “varón”. Esto terminó por decidirme. Era la novela que mi pasaje evocaría: Nada era la inversión de Adán. Que el adánico y como tal innominado narrador de mi novela anhelara perder su identidad y fundirla con la de Andrea, y fracasara, generaría, pensaba yo, algo nuevo, “rico y extraño” para aquel pasaje.

No por azar, la evocación de Nada tiene lugar en una secuencia que caractericé como “impostada”. El protagonista está solo, sin su amigo. Vive una escena nocturna, acaso soñada, en una novela de jornadas diurnas y laborables. El narrador se siente perdido en una villa que ya conoce. Lo familiar se torna extraño, y al revés. Besó por primera vez a una mujer, y ahora la quiere salvar. Pero es una mujer de libro y no real. Concluida esa secuencia, el narrador se lava con aguas que ni lo refrescan ni lo limpian: el mundo de ensueño quedó atrás. En el capítulo siguiente, vuelve a su amigo, a los duros trabajos. Adecuar su vida al libro que lo contaminó no ha sido posible: es esencialmente ajeno.

Todo efecto de extrañeza se habría anulado si las pistas fueran fáciles, o si la intervención de Nada fuera prenunciada. Las pistas sólo valen para un lector que ya conoce Nada, no para otro. En el siglo XVIII, los novelistas filosóficos hacían que un piel roja visitara Europa para poder criticarla sin riesgo. En Bolivia Construcciones, la voz del narrador boliviano podría pasar por la única verdadera en un mundo de imposturas argentinas. También esta ilusión desaparece cuando el lector descubre la evocación de Nada.

posted by dario manuel @ 5:34 PM,

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